sábado, 6 de mayo de 2017

Ahora llega la muerte: Capítulo doce


Molly Spivot miró como Lechuza Roja se desprendía por completo de su ropa y se lanzaba a las aguas del rio, mientras, Wild estaba sentado en la orilla, parecía juguetear con su revólver como si este fuera un juguete, no las miraba.
--¿No te metes?—le preguntó Lechuza roja—El agua esta estupenda.
--No--dijo ella—Voy a practicar un poco.
Se alejó entre la poca vegetación que rodeaba el río y se detuvo delante de un árbol mediano, sus ramas salían hacia ambos lados, Molly se quedó de pie delante de él y desenfundó deprisa, volvió a enfundar y repitió el gesto varias veces.
--Tengo que ser más rápida—se dijo.
Al desenfundar la tercera vez apuntó a la una de sus ramas y disparó, falló.
No pensaba rendirse, su padre le había dicho que solo con la práctica se llegaba a la perfección, así que disparó hasta que se le acabaron las balas, solo rozó la rama una vez.
Wild llegó a donde estaba.
--No te rindas—le dijo—Para disparar bien hace falta meses, incluso años.
--¿Cuánto tardaste tú en disparar bien?—le preguntó ella.
--Mucho tiempo—dijo él—Pero yo no tenía prisa por matar a nadie.
Molly se dio cuenta entonces, jamás había visto a ese hombre en acción, solo había contemplado la diana en la armería.
--Demuéstrame lo que sabes hacer—dijo.
Wild, la miró fijamente durante dos segundos y, sin mediar palabra, sacó su arma y disparó cuatro veces, y cuatro fueron las ramas del árbol que se partieron.
--¡Guau!—exclamó Molly.
Wild guardó su arma.
--¿A cuántas personas has matado?
--¿Qué clase de pregunta es esa?—dijo Wild—No las cuento.
Molly no quiso decir nada más.
--Aunque siempre han sido miserables—aclaró Wild.
Se acercó a ella, en ese momento Molly se quedó petrificada, se dio cuenta de que estaban solos, completamente solos, y que aquel hombre, si quería, podía hacerle cualquier cosa, incluso si Lechuza roja quisiera impedirlo, cosa que le extrañaba, estaba bañándose y no les oiría.
Wild pasó su mano por su mejilla y le mostró los dedos, estaban marrones.
--Estas sucia—le dijo—Supongo que por el revolcón con el ranger.
--Idiota—le llamó ella.
--Ve y báñate en el rio—dijo Wild—Pareces una vagabunda.
Molly se mostró desconfiada.
--¿No quieres?—le preguntó Wild--¿Acaso no sabes nadar?
--No, no se—reconoció ella—Pero de todas formas, aunque supiera, no pienso desnudarme delante de ti.
Wild lanzó una carcajada.
--Así que es eso—dijo—No te preocupes, que yo no miro, a mi me gustan las mujeres, no las niñas.
--Imbécil—le llamó ella—Ya quisieras una mujer como yo.
Wild se carcajeó de nuevo mientras se alejaba hacia los caballos, reconoció que incluso olía mal, así que se acercó al rio y se quitó la ropa, se metió en el agua y se quedó donde sus pies pudieran tocar fondo.
Lechuza estaba cerca, nadando, por unos minutos todo parecía tranquilo, relajante, Molly incluso agradeció limpiarse.
El grito de guerra de un piel roja las sobresaltó, ambas mujeres se abrazaron confusas, miraron hacia la orilla del río, estaban rodeada por indios.
--¡Cheyennes!—exclamó Molly.
--No—dijo Lechuza roja—Son Kiowas.
--¿Y qué hacemos?
--Lo que nos digan—dijo la Hopi—No suelen ser violentos.
El que parecía el jefe de los kiowa les ordenó algo en su lengua natal.
--Dice que salgamos del agua—dijo Lechuza roja.
Salieron, Molly jamás había sentido tanta vergüenza al verse desnuda delante de esos indios. ¿Por qué le había hecho caso a Wild? ¡Wild! ¡Él podía salvarlas! Pero ¿Dónde estaba?
Una vez fuera del río, fueron rodeadas por algunos hombres de la tribu, Lechuza Roja se mostraba tranquila, como si tuviera controlada la situación.
Dos de los kiowa cogieron sus ropas y empezaron a examinarlas ante la mirada impotente de las dos mujeres, uno le entregó al jefe kiowa el cinturón de Molly junto con su arma.
--Mi pistola—dijo ella—Démela.
Lechuza roja la detuvo.
--La necesito para vengarme.
--Y necesitas la cabellera para vivir—dijo la hopi.
Wild se asomó desde una colina cercana, dispuesto a intervenir, pero Lechuza roja le hizo un gesto para que esperase, sabía que estaban en minoría y que, si él atacaba, seguramente acabarían muerto los tres.
A partir de ahí solo el jefe y Lechuza roja hablaron en lengua nativa.
--Quienes sois—preguntó el piel roja.
--Yo soy Lechuza roja—dijo la hopi—De la tribu de los hopi, ella es amiga mía.
--¿Y tu tribu?, ¿Dónde está?
--Mi familia murió a manos de los Cheyennes—dijo Lechuza roja.
El jefe kiowa desvió la mirada hacia las aguas azules del río.
--Los Cheyenne son demonios—dijo.
--No queremos problemas con su pueblo—dijo lechuza roja—Solo viajamos a Razor City.
El jefe kiowa les dio su ropa.
--Vestiros—dijo.
Ambas mujeres se vistieron, pero el revólver se quedó en manos de ese indio, para disgusto de Molly.
--Continuad vuestro viaje—dijo el jefe kiowa después.
--Gracias—dijo Lechuza roja.
Los kiowa se marcharon rio abajo y entonces apareció Wild.
--¿Dónde diablos estabas?—preguntó Molly.
--Podíais apañaros solas—dijo Wild.
--He perdido mi revólver—dijo la chica--¿Cómo voy ahora a matar a los Blackhorn?
--Yo los mataré por ti—dijo el pistolero.
--Eso no me vale—dijo Molly.
--Pronto llegaremos a Razor city—dijo Lechuza roja ignorándola--¿Qué vamos a hacer si nos topamos con esos miserables? Ellos son cuatro y saben disparar bien, nosotros tres, y solo tú disparas.
--Lo pensaremos por el camino—dijo Wild—Ahora partamos, hemos perdido mucho tiempo.

Tras subir a los caballos y la mula, fueron bordeando rio arriba hacia Razor city, una ciudad que estaba enclavada a la orilla del río. Molly sentía que ni Wild ni lechuza tomaban en serio esa misión, no podía culparles, era su causa, no la de ellos, pero le enfadaba la tranquilidad con la que Wild se tomaba ese asunto.

Continuará

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