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El regalo de San Nicolás




Para todos los niños que viajaban en ese autobús, la época navideña era diferente a todas, las calles que siempre eran de su ciudad, de su barrio, ahora parecían otras, casi mágicas.

El último día de colegio había acabado y todo era alegría, a pesar de que sabían que debían estarse quietos, no podían hacerlo, era navidad y eso ajetreaba sus nervios de niño, todos se preguntaban que regalos iban a traerle papa Noel, y que otras sorpresas les traerían la navidad, la misma época era ya mágica para ellos.

Junto a ellos, Susana, la maestra de lenguaje iba sentada delante, junto a una niña que parecía ser la única que se estaba quieta y callada, la mujer, de treinta años y casada, había tenido mucha felicidad en su vida y solo algo que consideraba una desgracia, la imposibilidad de tener hijos, esto hubiera podido hundirla, pero se consideraba afortunada, trabajaba para esos niños y era algo que la hacía feliz, para Susana todos esos niños eran como hijos suyos.

Miró a la niña que iba a su lado, la conocía perfectamente y sabía quién era y lo que le ocurría, sus padres tenían algunos problemas económicos, ni siquiera llegaban a ser clase media, y a pesar de eso aquella niña siempre tenía una sonrisa para todo el mundo.

--¿Estás bien?—le preguntó.

La niña asintió, pero Susana sabía que esas navidades iba a recibir pocos juguetes, o incluso ninguno.

Miró en su bolsillo, allí encontró una estampa algo vieja y gastada, durante varios minutos la observó callada, su abuela era holandesa y era quien, de niña, se la había dado, en ella podía verse a San  Nicolás de Bari, el patrón de los niños, un santo holandés que en occidente era más conocido como Santa Claus o papa Noel.

Siempre había pensado que algún día se la daría a su hija, ahora, al saber que no iba a ser posible, la introdujo en el bolsillo de la mochila de aquella niña sin que la viera, esperando que el santo la protegiera.

Después sintió un volantazo y miró al conductor, también lo conocía por desgracia, era un tipo solitario, engreído y que tenía ciertos problemas con la bebida, en más de una ocasión se había quejado al director, diciendo que un tipo como ese no era el apropiado para conducir un autobús repleto de niños.

--Más cuidado—dijo—Que van niños aquí.

El tipo solamente la miró por el retrovisor y continuó conduciendo, fuera nevaba copiosamente y apenas se veía, para más inri, el camino hacia la plaza del pueblo, donde el autobús se detendría, era peligroso, debían pasar por una pequeña carretera mal asfaltada, la comarcal 39, y cruzar un puente sobre el río Bígor, una pobre estructura de piedra con más de doscientos años de edad.

Los niños, como si intuyeran el peligro, volvieron a sus asientos, y durante unos minutos todo estuvo tranquilo.

Susana observaba la carretera callada, la niña de su lado se mostraba cansada, con algo de sueño, la profesora la atrajo hacia sí misma y sintió la cabeza sobre su regazo, su abrigo era suave y apto para una cabezadita, un sueño en el que la niña podría olvidarse de sus desgracias.

El conductor hizo un movimiento extraño con el brazo, Susana sabía que era.

--¡Está bebiendo!—exclamó.

El conductor giró la cabeza para mirarla, en su mano derecha llevaba una petaca, ni siquiera hizo ademán de guardarla.

--Será cerdo.

--¡Usted cállese!—dijo el hombre.

Miró al frente demasiado tarde, el puente del río bígor estaba a pocos centímetros del parachoques, cogió el volante con ambas manos, la petaca cayó al suelo, la niña se despertó.

No sabía qué hacer, frenó y giró todo lo que pudo, ¿Hacia dónde? Poco importaba, él sabía que el accidente era inevitable, el vehículo derrapó y la parte de atrás se vino hacia delante, el autobús quedó en horizontal, enfrentándose al viejo puente.

Todos los niños gritaban, Susana y su compañera de asiento se abrazaron mutuamente, la mujer pudo ver la estampa de San Nicolás sobresaliendo del bolsillo de la mochila, solo les quedaba rezar.

El autobús cayó al río como una piedra metálica y gigante, el agua rompió la luna delantera, golpeando al conductor, y el interior se inundó en segundos con un agua helada, un agua de diciembre con restos de hielo, fría como la misma muerte.

Susana supo que iba a morir, pero lo que más sentía era que aquellos niños iban a morir allí, en navidad, y de una forma tan espantosa como aquella.

El agua la rodeó en segundos, contuvo la respiración todo lo que pudo, sintió como la pobre niña se separaba de ella, la perdía, seguramente para siempre, rompió a llorar, pero el agua no dejaba ver sus lágrimas, era un llanto invisible e inútil.

Se vio sola en medio de ese río, movía los brazos y las piernas sin dejar de sentir helados calambres en ellos, sabía que pronto desistiría y se hundiría en esa improvisada y cruel tumba líquida.

Algo se introdujo en el agua, era del color del oro, ¿El sol? Faltaban horas para que amaneciera, pero sin duda era algo que podía salvarla.

Se aferró a él y notó que era algo metálico, tiraban de ella hacia la superficie, por unos segundos se sintió culpable por sobrevivir, pero podría salir y sumergirse de nuevo a rescatar a más niños, pues sabía nadar y bastante bien.

Cogió aire en cuanto notó la superficie, estaba casi desmayada, con sus pulmones a punto de estallar, cayó boca abajo sobre la orilla del río y miró hacia arriba.

Nunca supo lo que vio, pero la figura era alta y puntiaguda.

Hubiera jurado que ese sujeto portaba un báculo con la que la había rescatado, una mitra, una casulla y un palio, hubiera jurado que era el mismísimo San Nicolás de Bari, pero la visión despareció de inmediato.

Sin tiempo a recomponerse, se levantó caminó toda mojada y llamando a todos los niños por su nombre, vio sus pequeños cuerpos tendidos sobre la hierba, mojados y desorientados, los contó dos veces, temiendo que algunos continuasen en las frías, casi congeladas, aguas del río.

Todos estaban allí, sanos y salvos, incluso el alcohólico del conductor estaba vivo.

Susana se acercó a la niña a la que había acompañado en el viaje, esta estaba temblando de frío, pero tranquila.

--¿Estás bien?—le preguntó.

--Si—dijo la niña—Nos ha sacado ese hombre.

--¿Qué hombre?

La niña miró alrededor buscándolo, pero no pudo encontrarlo.

--Había un hombre—dijo extrañada.

Todos los niños, al oírla, comenzaron a corroborar su teoría, algunos dijeron que era un cura, otros que era el mismísimo papa, todos coincidían con que era un hombre alto con un gorro puntiagudo y un largo bastón.

Algunas mochilas estaba esparcidas por el suelo, la niña, sabiendo lo caro que habían sido para sus padres comprarle los libros de texto, encontró la suya y corrió a cogerla, al inclinarse ante ella vio la estampa que asomaba del bolsillo, la sacó, estaba seca.

--¡Es él!—exclamó—Es señor que nos ayudó.

Susana miró la estampa y se quedó petrificada, solamente pudo abrazar a aquella niña con todas sus fuerzas y romper a llorar de alegría.



Un coche les encontró minutos después, ningún niño murió ni resultó herido, algo que para muchos fue un milagro, el conductor del autobús fue detenido y juzgado por conducir ebrio y las navidades vinieron trayendo alegría y olvidando el mal trago, siendo la mejor medicina que pudiera existir.

Susana se sintió casi obligada a comprar algo de comida y una muñeca y llevarla a la casa de aquella niña, los padres se deshicieron en agradecimientos y llantos, Susana estuvo jugando con su alumna y después volvió a tiempo para cenar en su casa.

Cuando entró, su marido estaba preparando la cena.

--Ya he llegado—dijo animadamente.

--Por poco te cruzas con tu abuelo—le dijo su esposo—Creía que estaba enfermo, pero parecía un chaval.

Susana le miró extrañada, su marido no era alguien que soliese bromear.

--¿Mi abuelo?—preguntó.

--Ha venido a verte, pero no estabas--dijo el hombre.

--Pero si mi único abuelo está impedido—dijo ella.

Su marido la miró extrañado, con el delantal puesto y la espátula en la mano.

--Pues sabía todo sobre ti—dijo—Pero eso creí que era tu abuelo el del pueblo.

Susana pensó en su abuelo, pero el hombre vivía en su pueblo natal y tenía alzhéimer, su marido jamás le había conocido a pesar de que sabía de su existencia.

--Dejó una cosa para ti—le dijo el hombre—Dijo que habías regalado la que tenías.

Le dio un pequeño sobre, Susana la abrió y observó la estampa de San Nicolás de Bari, idéntica a la que había sido suya.

Una mezcla de alegría e incertidumbre la inundó y rompió a llorar.



La estampa tuvo un lugar privilegiado sobre la chimenea de la casa, de donde jamás se movió. Susana dejó de preguntarse si lo ocurrido en aquella carretera había sido un milagro, poco importaba, lo que de verdad importaba era que todos habían salido ilesos y ahora eran felices.




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